Un presente sin sabios

Sabios greciaEl segundo principio fundamental de la termodinámica explica que el caos del universo es su estado natural. La entropía, medida cuantitativa del desorden,  tiende siempre a aumentar de manera espontánea. De este modo, para mantener el orden en un sistema físico-químico es necesario aplicar energía exógena. Los sistemas sociales, en tanto que constituidos por entes físico-químicos, no se escapan a este principio. Si un grupo de individuos no aplica energía en la construcción de ciertos principios que rijan su convivencia, éstos tenderán siempre al desorden y a actuar de manera interesada, descoordinada y no colectiva.

Los historiadores especializados en la Grecia contemporánea George Theotokas y Richard Clogg han acuñado el término prongonoplexia para referirse a la obsesión que manifiestan los griegos modernos hacia su legado histórico y sus raíces culturales. La identidad colectiva griega tiene como pilar básico el culto a los sabios de la antigüedad, su estudio y su recuerdo, el cual casi desapareció durante la Edad Media. La prongonoplexia, o también denominada antepasadoritis, es así fundamental en la constitución de la identidad griega contemporánea y es perceptiva de su construcción nacional.

A pesar de que el concepto de prongonopelxia sólo ha sido aplicado en el caso griego, éste podría extenderse a toda sociedad contemporánea como principio regulador de la formación social y de ensamblaje de los idearios colectivos. Es decir, la recuperación de los sabios y la protección del conocimiento actual y futuro debieren ser los componentes de la argamasa que asiente los cimientos identitarios de toda sociedad contemporánea.

De este modo, se hace necesario cuidar los espacios sociales en los que este conocimiento puede ser tanto recuperado como generado. La más importante de estas esferas es la Universidad en su sentido clásico –y escrito en mayúscula–: hogar del conocimiento universal y holístico. Sin embargo, y tal como ha denunciado de forma reiterada el teórico de la literatura Jordi Llovet, la universidad actual –en minúscula– se encuentra inmersa en un proceso de tecnificación y de aislamiento de saberes que, al alejarse de ese ideal de incubadora de sabios, deviene en escuela de técnicos dogmáticos.

Este proceso ya fue denunciado en los años ochenta por el filósofo Jean-François Lyotard quien predijo, en su ensayo vertebral La condición postmoderna, que la transición entre la sociedad de la Ilustración y su sucesora conllevaría la mercantilización del conocimiento. Lyotard, adelantándose a esta problemática, se preocupó por advertir a las sociedades contemporáneas que la Universidad –de nuevo, en mayúscula- no debe permitir que sus talleres de creación se cierren del mismo modo que no pude abandonar el discurso especulativo ni renunciar a la actitud incrédula. Así y solo así logrará criticar, en el sentido de Ludwig Wittgenstein, los juegos del lenguaje contemporáneos que elevan a principios de construcción social los criterios económicos, productivos y utilitarios del funcionamiento empresarial. Con todo ello, ha de resucitar en el seno de las sociedades actuales la idea de que todo saber es válido, valioso y necesario. Además, y en contra del discurso especializante, la Universidad debería promover saberes universalizadores en los que las disciplinas se fusionen y las fronteras entre las ciencias sociales, humanas y naturales se desdibujen.

Sin dejar atrás que la Universidad es necesaria para la recuperación y protección de los sabios, la consecución de un ideal colectivo basado en el conocimiento no será posible sin la complicidad de los medios de comunicación. Éstos, lejos de constituir un espacio de debate público, se han transformado en meros espacios de legitimación de los juegos del lenguaje contemporáneos y han tomado la función de narcóticos sociales, siguiendo la terminología que acuñó Harold Lasswell. De este modo, los medios de comunicación tendrían que asumir su responsabilidad como articuladores de una esfera pública que, en el sentido de Habermas, canalice los debates de toda sociedad deliberativa.

El individualismo al que nos empujan los nuevos medios de comunicación junto con la tecnificación de los saberes universitarios nos aleja de esa energía necesaria para compensar una entropía social tendiente al desorden. La prongonoplexia de las sociedades futuras se está fraguando hoy en día en centros educativos y universidades, por lo que no deberíamos olvidar el valor del conocimiento adogmático, la renovación intelectual y la revitalización creativa y crítica de nuestro presente

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