Twitter revoluciona, ma non troppo

CC by  Seth Anderson

CC by Seth Anderson

Tres años después de la llamada revolución de los jazmines en Túnez volvemos a asistir, esta vez en Turquía, a una nueva oleada de manifestaciones ciudadanas propiciada, según cuentan, por una movilización masiva a través de Twitter y Facebook. Tal ha sido el supuesto alcance de estas redes que el presidente de este país, Recep Tayyip Erdogan, ha afirmado que “esa cosa que llaman redes sociales no es más que una fuente de problemas para la sociedad actual” y que “hay un problema que se llama Twitter; allí se difunden mentiras absolutas”.

Esta nueva revuelta nos trae reminiscencias de las primaveras árabes que, iniciándose en Túnez, se extendieron por algunos países del golfo pérsico y gran parte de los del norte de África, teniendo como referente más conocido el egipcio. En todos estos procesos se nos dijo una y otra vez que la sociedad había logrado reunirse en las plazas mediante el uso de las redes sociales. Además este fenómeno no se limitó a las regiones árabes, sino que muchos países denominados occidentales vivieron procesos similares como nuestro recurrente 15M.

Todas estas movilizaciones han servido de parangón para afirmar que los nuevos medios facilitarán la democracia, las protestas ciudadanas y, por lo tanto, el control político. De ahí las afirmaciones de Erdogan -y en su día de Ben Ali- o el control que algunos regímenes imponen sobre la conexión de sus ciudadanos evitando así el ascenso de este peligroso quinto poder. Sin embargo, casi un lustro después de las primeras movilizaciones cabe preguntarse si hay motivos de peso tanto para tal euforia democrática o tal maniquea represión.

James Curran, profesor en medios y comunicación en Goldsmiths es un importante crítico de los nuevos medios como catalizadores de la democracia. En esta conferencia que impartió en noviembre de 2012 en el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) atacó esta visión salvadora de internet. En primer lugar, demostró que internet no permite una visión plural y una expresión ciudadana sin límites. Según sus datos, el 80% del tráfico de noticias que tiene lugar en la red de redes se concentra en un 7% de páginas web, de las cuales la gran mayoría se encuentra controladas por grandes conglomerados mediáticos. Además, las páginas donde se pueden localizar noticias de fuentes alternativas o de creación ciudadana se posicionan en los buscadores muy por debajo de las páginas de los grandes medios de comunicación. Esto se complementa con el alarmante estudio publicado en 2011 por Jamie Bartlett y Carl Miller en el que se demostró que un 67% de los jóvenes norteamericanos entre 18 y 29 años no se cuestionan la información que encuentran por internet y la toman siempre por verdadera.

No se puede dudar de que el poder de twitter, facebook y la transmisión de imágenes impactantes de las protestas por televisión fortalecieron las revueltas pero, como recordó Curran, no podemos negar las causas subyacentes del descontento social. James Curran desmitificó la omnipotencia de las redes sociales en el caso de las primaveras árabes recordando que en 2011 solo un 24% de los egipcios eran usuarios de internet. Este subraya que no fueron las tecnologías de la información por sí solas las que hicieron germinar las protestas. De hecho, fueron las organizaciones ciudadanas que ya estaban estructuradas las que impulsaron estas movilizaciones -y las que luego recogieron los frutos-. Este escenario se repite hoy en día en Turquía, donde la cifra de penetración de internet es más elevada pero no suficiente para generar una movilización mayoritaria: un 42,1% de la población según la ITU (International Telecommunication Union).

En la misma línea de pensamiento, el investigador bieloruso afincado en Stanford Evgeny Morozov ha puesto de manifiesto en sus dos enasyos (The Net Delusion: The Dark Side of Internet Freedom de 2011 y To Save Everything, Click Here: The Folly of Technological Solutionism de 2013) que un optimismo desmesurado sobre las virtudes políticas de las redes sociales puede ser perjudicial para el desarrollo democrático. Esta ciber-utopía cae en el error de pensar que los gobernantes ignoran que pueden emplear estas nuevas tecnologías para vigilar, perseguir y tender trampas a sus oponentes. En The Net Delusion insiste en que Internet no anula los mecanismos habituales de la política del poder ya que es la política la que decide si el dictador va a caer derrocado, como en Túnez, o si van a golpear y encerrar a los blogueros, como en su Bielorrusia natal. En To Save Everything, Click Here crítica el solucionismo tecnológico al que nos dirige esta ciber-utopía que nos engaña haciéndonos creer que con un “click en una caja de polvo” podemos solucionar los problemas al otro lado del mundo.

Esta actitud está disolviendo las organizaciones ciudadanas y dinamitando el activismo social. Yo mismo participé en las movilizaciones del 15M hace dos años, en los asentamientos en Plaça Catalunya y animé a amigos y conocidos de todo el país a acudir a las plazas de sus ciudades. Pero, sobre todo, me involucré en la expansión de esa ola -que no llegó a ser revolucionaria- a través de mis redes sociales. Todos somos hoy conscientes de lo que quedó de aquella experiencia: un sano cuestionamiento de las normas democráticas, una coqueta desarticulación de parte de las instituciones y, sobre todo, una peligrosa desmovilización del voto de la izquierda. Y todo ello porque no existían previamente grupos organizados que estructurarán y recogieran ese descontento.

De estos errores nos tocaría aprender una valiosa lección: la movilizaciones no triunfan sin organización y sentido comunitario. Aunque es cierto que a tenor del 15M han surgido nuevos movimientos ya estructurados como las Mareas de múltiples colores o la Plataforma de Afectados por la Hipoteca -que acaba de recibir el Premio Ciudadano otorgado por el Parlamento Europeo- , la oportunidad de acción que levantó a tanta gente hace dos años ya se perdió. Tal vez uno de los principales fallos fue suponer que Twitter todo lo podía. Corina di Genaro y William Dutton ya mostraron en 2006 que el activismo online solo repite los patrones del activismo offline. Es decir, existe poca gente que llegue a la política a través de internet sin estar previamente implicada. Por lo tanto, no podemos descuidar las organizaciones políticas, sociales y ciudadanas offline; tenemos que implicarnos para mejorar todas las grietas que contengan y, sobre todo, no abocarnos a fantasías digitales que prenden rápido pero se apagan en seguida.

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