El espectáculo de la ciencia

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Han pasado casi dos meses desde que el último ganador del Premio Nobel de Medicina y Fisiología, Randy Shekmann, anunciara que no volverá a publicar en revistas de alto impacto como Nature, Science, Cell o PNAS. En una columna de opinión escrita para The Guardian titulada How journals like Nature, Cell and Science are damaging science, el renombrado científico abronca a estas tres revistas acusándolas de tergiversar la independencia de la ciencia. El pollo montado por Shekmann -tal y como lo definió el periodista Javier Sampedro– ha reavivado un tema que desde hace décadas sobrevuela el mundo académico y que mantiene divididos a sus integrantes: ¿deben los científicos publicar a toda costa, del tema que sea y pese a quien le pese? o, por el contrario, ¿debería la comunidad científica plantarse ante los criterios de comercialización y márquetin en los que se basan las revistas de alto impacto para aceptar publicaciones?

Ante estas declaraciones, muchos han acusado a Shekmann de oportunista. Tras declarar la guerra a las grandes revistas científicas se desveló que el premiado biólogo ha fundado una nueva revista electrónica llamada eLife vinculada con la filosofía open-access. Es decir, criticando a las grandes revistas por aceptar artículos siguiendo criterios publicitarios, Shekmann estaría orquestando una campaña de márquetin para dar a conocer su nueva revista. Cierta o no esta acusación, cabe recordar que éste no ha sido el primer científico de renombre que ha lanzado diatribas en contra del oxímoron que implica que la ciencia avance a ritmo de publicación precipitada y no de concienzuda reflexión.

La socióloga Saskia Sassen fue galardonada en 2013 con el Premio Principe de Asturias de Ciencias Sociales por su carrera crítica con la supuesta inmaterialidad de la globalización. Esta reputada científica no posee en su currículum, sin embargo, ni una sola publicación JCR –Journal Citation Reports-, nombre del índice que recoge las revistas científicas con impacto. Por el contrario ha escrito libros e informes, fruto de proyectos de investigación de verdad y referencias fundamentales para académicos comprometidos. Saskia no ha ganado ni un sólo sexenio ni acreditación científica al resistirse a inflar su currículum con artículos estandarizados sin interés ni lectores, más allá de círculos de amigos de citación mutua.

Ciertamente, parte de esta tendencia a la desaparición de la ciencia independiente se debe al siempre vitoreado formato del artículo científico. La valoración de un científico, así como su acreditación y su ascenso en la carrera académica, se mide por la cantidad de artículos publicados y el índice de impacto de los mismos. Este famoso índice, que trae a los científicos de todo el mundo por los caminos de la amargura y que, por cierto, gestiona la empresa Thomson Reuters, mide las citaciones que ha tenido un artículo y, por lo tanto, cuántas veces ha sido de referencia. Si cualquier persona realiza una búsqueda de artículos científicos en una base de datos como ISI Web of Knowledge o SCOPUS se llevará la sorpresa de que la mayor parte de los artículos tiene un número de citaciones igual a 0. Este dato, que paradójicamente no parece impactar a casi nadie, es el resultado de la dinámica “publica o muere” –publish or perish en su versión inglesa- a la que se ha visto abocada la comunidad científica en la última década. Dinámica que ha devorado por completo a las ciencias experimentales y que poco a poco fagocita a las ciencias sociales y las humanidades como advirtió el ex-catedrático de Teoría de la Literatura Jordi Llovet en su manifiesto de despedida Adéu a la Universitat. L’eclipsi de les humanitats.

En aras de la excelencia, las revistas científicas implantan sistemas de revisión que garantizan que sólo los mejores artículos -o los de más proyección mediática, según Shekmann- serán publicados. Sin embargo, también este sistema de revisión hace aguas. Recientemente, la periodista de Nature Erika Check Hayden y el periodista de The Wall Street Journal Gautam Naik han divulgado que sólo un 25% de los artículos publicados en las revistas científicas de más prestigio son reproducibles y, por lo tanto, siguen los principios del método científico. Es decir, un 75% de los estudios publicados por estas revistas no podrían clasificarse como científicos. A este hecho habría que añadir el desorbitado descenso de artículos con resultados negativos en casi todas las disciplinas científicas. Esta grave desaparición, que ya ha sido demostrada científicamente por Daniele Fanelli, arroja aun más dudas sobre la validez del artículo científico como instrumento de valoración de la calidad científica.

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Por si fuera poco, cabría recordar el estudio publicado en 2005 por el físico independiente Jonathan Huebner donde, cargando de nuevo contra esta dinámica de publicación voraz, se demuestra como el número de patentes que han implicado una innovación tecnológica radical -aquélla con un amplio impacto socioeconómico capaz de producir hitos en el desarrollo y el progreso de la humanidad- encontró su máximo en 1873 y que, a partir de entonces, la tasa mundial de innovación radical no ha parado de descender. Este estudio, que también paradójicamente ha sido muy poco divulgado, viene a desmontar uno de los argumentos más esgrimidos a favor del artículo científico: el que afirma que gracias a su brevedad, se ha mejorado la comunicación de los resultados científicos y, por lo tanto, se han acelerado la creación de conocimiento y el progreso

El elogio a la brevedad, tan propio del capitalismo tardío, ha lapidado la capacidad de reflexión y crítica de las universidades. En la valoración de un científico sólo tienen cabida los artículos breves mientras que escribir ensayos, informes o manuales ya no posee reconocimiento. Tal y como como recuerda Holm-Detlev Köhler, de la Universidad de Oviedo, parafraseando a Saskia Sassen: “estamos entregando nuestra calidad científica a Thompson Reuters -la empresa gestora de los JCRs- igual que la calificación de nuestras economías a Fitch, Moody’s y Standard & Poor’s. La estandarización de nuestra enseñanza universitaria y de nuestra producción científica nos llevará a universidades sin debates, investigaciones sin compromiso y un sistema académico sin pensamiento”.

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