Una conversación pendiente con Marina Garcés

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Los 29 de febrero vividos no existen. Son una ficción que nos permite ajustar el tiempo real, el tiempo empírico, con nuestra manera arbitraria de medirlo. Una hipótesis ad hoc. Un día que solo ocurre cada cuatro años que vivimos como uno más pero que no se repetirá hasta pasados más de 1500 días. Ese día, que ni nos reporta un mayor salario, ni amplia nuestros periodos de vacaciones laborales, ni se tiene en cuenta en los cálculos de esperanza de vida, es un tiempo atemporal, un oxímoron, en tanto en cuanto es un tiempo que vivimos, pero que es falso, espurio y fugaz.
Que mejor día, pues, que el 29 de febrero, para pensar y reflexionar sobre cómo hemos modificado nuestra ontología y nuestra manera de vivir el tiempo; cómo lo hemos acelerado y cómo esta nueva dimensión temporal fugaz determina nuestros proyectos comunes, políticos y epistemológicos. Por ello, no había mejor día para asistir a la conferencia que Marina Garcés impartió en el CCCB titulada Inacabar el mundo. En ella, y a raíz de su último libro Filosofía inacabada, esta pensadora constató que la vivencia acelerada del tiempo ha calado en profundidad en las narrativas con las que nos movemos por la realidad. El relato de “el tiempo se nos acaba” impregna, sin que seamos conscientes, los modos cómo nos enfrentamos a los nuevos retos ambientales, humanitarios y políticos.
No cabe duda, entonces, que el nuevo relato que rige nuestra vida social ha devenido en una condición humana emergente. Y la definición de esta nueva condición fue el objetivo principal de la ponencia de Marina Garcés. Frente a la condición posmoderna, que deja atrás los grandes relatos de la tradición moderna -capitalismo, comunismo, familia, religión, nación,…- y nos da pie a la experimentación en las formas de vida, la nueva condición póstuma, tal y como la nombró la pensadora. La condición póstuma nos aboca a vivir en un pesimismo desbocado, con la certeza de que el fin de todo está cerca y ante el cual la única contestación posible para mantener el arraigo de lo colectivo es la apelación a la “emergencia social”. Soluciones aceleradas a problemas acelerados, lo cual, viendo el panorama político español, suena a diagnóstico más que acertado.
Al finalizar la conferencia, y aprovechando que tuvo lugar en un día que no existe, decidí superar uno de mis miedos y realizar una pregunta, micrófono en mano, desde la audiencia. Quise saber cómo, según la autora, esta nueva condición póstuma devendría en nuevos proyectos políticos. La respuesta de Marina Garcés fue, en resumen, que nuestro deber ante esta nueva narrativa es la denuncia constante del crimen, al cual estamos cada día más acostumbrados. Sin embargo, tal respuesta no satisfizo mi curiosidad. Quise quedarme a conversar con ella al final, pero se me echaba el tiempo encima -paradojas de la condición póstuma, imagino- y me tuve que marchar.
Mis dudas sobre sobre la validez de esta nueva condición vienen marcadas, en parte, porque mis concepciones de lo político emergen de las lecturas de autores como Habermas, Rawls, Mouffe, Wittgenstein, Foucault o Derrida. Estos me han llevado, de un tiempo a esta parte a cuestionarme y trabajar -muy sucintamente- el tema de la narratividad en lo político, impulsado por este interés entre el giro lingüístico, la condición posmoderna y la muerte de lo colectivo -o, más bien, de lo másico-. En la conferencia de Marina Garcés pude encontrar muchas claves de nuestra condición -sobre todo de los más jóvenes, que hemos vivido siempre en democracia y solo ahora esbozamos, muy remotamente, lo que es la crueldad humana- que me hicieron repensar las claves que Lyotard, con mucha desazón según mi lectura, desentraña sobre la condición humana después del 68. La radicalización de lo individual que supuso la posmodernidad ha aupado al neoliberalismo y a los tradicionalismos a sus momentos más álgidos. La contestación política, desde lo narrativo, se ha adaptado como ha podido a los ritmos y exigencias de esta condición. Como muy acertadamente apuntó la autora, la narrativa de la “emergencia social” responde a estos tiempos comprimidos y a la exaltación de lo individual sobre lo colectivo.
Sin embargo, algo me sigue haciendo dudar. La posmodernidad siempre me ha servido – a mí y a todas- para experimentar, abrir miras y problematizar la realidad. La posmodernidad me ha servido para que mis alumnas exploraran nuevas linealidades y narrativas más allá de los relatos clásicos. Pero esta experimentación se queda vacía en su concreción política, en su articulación en acción. Destruyendo los grandes relatos destruimos también aquello que nos interconecta. Es tarea de lo político, pues, encontrar esos nuevos relatos que nos devuelvan al tamiz de lo social haciendo un esfuerzo por reconocer las particularidades. En ese sentido, quien mejor logra unificar -de las autoras que yo he podido leer- a Rawls y Foucault es Nancy Fraser en su intento por reconciliar el reconocimiento con la redistribución.
Por eso, ante la exposición de la filósofa preguntaba: ¿y esta nueva condición póstuma, a qué nos lleva? Si el relato de la muerte del tiempo triunfa, es nuestra misión como contestatarios teóricos encontrar esos nuevos relatos que rescaten lo social/colectivo de ser engullido por los agujeros negros del tiempo. Ante el ímpetu de la aceleración, la narrativa a inventar debe estimular la pausa, el sosiego, la vida comunal. Pero, ¿cómo articularlo ante las fauces de los tiempos atemporales? Ojalá algún día podamos comentarlo, Marina Garcés.
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